Al investigar sobre América Latina, el historiador y académico del Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos (CECLA) Marcelo Sánchez explica que las epidemias y enfermedades masivas lamentablemente fueron comunes.  “La cuestión epidémica está en el origen de la historia latinoamericana partiendo de este gran trastorno demográfico que es el encuentro entre la población original y los europeos”, explica.

En el caso de Chile, a pesar del aislamiento geográfico, el historiador fue enfático en aclarar que “las epidemias fueron recurrentes en el periodo colonial y en el periodo republicano independiente en Chile, la nación chilena ya sea en el contexto colonial o en el periodo republicano, ha convivido en numerosas ocasiones con epidemias”.

LA EXPERIENCIA DE LA MUERTE

En una perspectiva global, ¿Hay algo que caracterice las experiencias latinoamericanas con las epidemias?

-Lo que nos caracteriza es la percepción sobre la experiencia de la muerte. La peste es una experiencia al límite e incontrolable de ella, pero en general la muerte es vista como algo muy cotidiano, muy normalizado y que se asume como parte de la vida humana, no sin gravedad, pero sin dramatismo. Nosotros somos herederos de una cultura muy romántica del siglo XIX que exalta la individualidad, la experiencia subjetiva, los logros personales y en este sentido, la peste es una experiencia extrema de la muerte pero en sí misma también es una experiencia que la sociedad contemporánea quiere borrar, quiere eliminar.

¿Cómo funcionaba el sistema de salud en esos entonces?

-Una experiencia particular es la fiebre amarilla del año 1870. En epidemia, como había ya un contexto periodístico un poquito más compartido a nivel latinoamericano, las noticias circulaban mejor y se fue sabiendo muy bien lo que pasaba en Buenos Aires, antes de que esto ocurriera en Concepción o Santiago. También hubo muchas epidemias de cólera en la década de 1890, pero insisto, la experiencia de la epidemia era una algo común y fue todo eso lo que motivó a que surgiera con fuerza la autoridad del Estado en materias higiénicas y sanitarias. Es al calor de esas discusiones sobre las epidemias que se inician en Chile las obras de alcantarillado y que se creen instituciones cuyo primer objetivo es el control epidémico como el Consejo Superior de Higiene y el Instituto Superior de Higiene en 1892. Estas instituciones después empezaron a controlar la calidad de la leche y de la carne, a promover la higiene, el alcantarillado, pero no olvidar que su primer objetivo siempre fue el control epidémico y eso lo conservaron como el principal objeto de la política pública hasta los años 1930 y 1940.

¿Cómo se desarrolló este proceso de modernización de la salud pública?

-Desde fines del siglo XIX y hasta 1930 probablemente, de todos los países que tenían estadísticas altas de morbilidad y mortalidad, Chile era el que tenía la mayor mortalidad infantil. De hecho, en la cultura popular estaba toda esa tradición del “despedimento del angelito”, una situación que era muy cotidiana, normal, casi orgiástica; una gran fiesta apropiándose de la muerte de infante. Tal vez el gran logro de la salud pública chilena durante el siglo XX fue medicalizar el parto, lograr obras de alcantarillado y promover la higiene. Hay un punto de la historia de occidente y muy importante en la historia de nuestro país, y es cuando los médicos y los políticos se dan cuenta de que Chile quiere ser un país industrializado. En ese momento el gran desafío que había que emprender era mejorar las condiciones sanitarias de la clase trabajadora. Es así como se inicia toda una campaña en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile y en otras instituciones, que en el año 1952 se constituyen como el Ministerio de Salud. Se inician campañas para mejorar la salud del pueblo y proveer mejor alimentación, mejores condiciones y limitar el alcoholismo, las sífilis y la tuberculosis eran las causas de muerte de los trabajadores.

LOS VIAJES DE LA ÉLITE

¿Existe alguna relación histórica entre la élite y la llegada de enfermedades al país?

-No sé si es tan prudente arribar de plano a ese estigma, pero habría que reconocer de todas maneras, que si había un grupo que tenía alguna posibilidad de movilidad internacional en el siglo XIX, y durante gran parte de siglo XX, era la élite. Eran ellos los que tenían la posibilidad de subirse a los barcos y viajar por Europa, salir del país y luego regresar. Se podría establecer una relación entre esta cuestión de clase y la llegada de estos pacientes iniciales de algún tipo de cuadro o epidemia.

Tal vez lo terrible es que con el paso del siglo XX, ese temor se volcó sobre otros sujetos, por ejemplo. Hace poco tiempo, vivimos en Chile un temor por el resurgimiento de la lepra y de eso se empezó a acusar a los ciudadanos haitianos que residen en nuestro país. También con los migrantes de nacionalidad peruana en los 90 se habló de un resurgimiento de la tuberculosis. El peligro político que implica la cuestión de las epidemias es tratar de expandir al registro social un paradigma inmunitario, una comunidad de un “nosotros, los sanos y virtuosos” frente a “otro que lo quiere agredir o enfermar” y ese otro, lo sabemos, es el “cáncer marxista”, “el peruano”, “el migrante” y generalmente, el pobre que está continuamente siendo culpado por las malas condiciones de salud de la población. Entonces una cuestión que hay que resaltar en todo esto es el trasfondo social y político, hay que estar muy prevenidos contra los prejuicios de raza y de clase.

¿Cree que existe alguna memoria social sobre epidemias o enfermedades masivas?

-Así como cuando vino el terremoto del 27F y ocurrió el tsunami, nos dimos cuenta que en la sociedad había una memoria, algunas localidades sabían lo que era, habían prácticas como huír a los cerros, porque había una memoria social, y yo creo que el algún sentido se puede hablar de una memoria social de las epidemias. Un caso que yo conozco bien es el del tifus entre los años 1929 y 1935 que implicó cerrar los teatros, los lugares públicos, todos los establecimientos educacionales y obligar a todas las personas que trabajan a portar un pasaporte sanitario. Eso implicó unas medidas punitivas muy agresivas sobre la población de los conventillos urbanos que eran sometidos a desinfecciones, a la quema de la ropa y a un tratamiento muy duro. Yo creo que hay una cierta memoria social sobre qué significan las epidemias y hasta aquí, probablemente, la gente de clase media y de sectores menos favorecidos son los que han tenido el comportamiento más responsable, quedándose en la casa y cumpliendo las normas de aislamiento.

EL MEJOR SISTEMA DE SALUD DEL MUNDO

¿Qué se cambió socialmente en la medicina?

-Además de las mejoras en las condiciones sanitarias de la gran masa trabajadora y de los pobres, en Chile se dio una tradición local muy fuerte de salud pública, de medicina social, es decir, una medicina en el que el actor principal es el Estado y en que los médicos y todo el sistema de salud tienen una gran injerencia en controlar y regular las relaciones sociales y familiares. Nosotros tuvimos una gran tradición de salud pública, donde por supuesto está Salvador Allende, Eduardo Cruz Coke, Juan Marín y Exequiel González Cortés. Si hay algo en lo que destacó la salud pública del siglo XX es en un sistema de salud público poderoso, eficiente y que con pocos recursos hizo muchas cosas a favor de mejorar la alimentación, mejorar la higiene, mejorar las condiciones de parto, etcétera.

Entonces, ¿qué pasa con la salud en la actualidad?

-Decir “Chile tiene el mejor sistema de salud pública del mundo” es discutible. Probablemente la tuvo en los 50 o 60, y siempre pensando que Chile tenía un buen sistema de salud en los parámetros de hace 50 o 70 años atrás. Para los parámetros actuales es algo que habría que pensar, que discutir y parece que efectivamente que no los tiene. Nosotros sabemos que hay falta de insumos, que hay poca disponibilidad de camas críticas y de ventiladores, entonces Chile tiene un sistema de salud exitoso términos de los grandes indicadores demográficos, pero no así en la atención de eventos críticos.

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