En 1926 el Ministro de Asuntos Exteriores francés, Aristide Briand, socialista y pacifista, recibió junto a su homólogo alemán, Gustav Stresemann,  el Premio Nobel de la Paz por su defensa del desarme y la reconciliación franco-alemana. Alentado por este reconocimiento, el 6 de abril de 1927, Briand propuso a los Estados Unidos, en el décimo aniversario de su entrada en la Gran Guerra, un pacto bilateral de no agresión y resolución por medios pacíficos de los conflictos. Frank Billings Kellogg, Secretario de Estado del presidente norteamericano Calvin Coolidge, sugirió el 28 de diciembre de 1927 ampliar la negociación a otros Estados con el fin de concluir un tratado multilateral general de renuncia de la guerra como instrumento de política nacional, lo cual fue aceptado por Francia. El 27 de agosto de 1928  Alemania, Estados Unidos, Bélgica, Francia, Italia, Japón, Polonia, Checoeslovaquia, Gran Bretaña e Irlanda y los territorios de Ultramar de Canadá, India, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, lo firmaron declarando renunciar al uso de la guerra como medio de política exterior y solucionar todos los conflictos internacionales de manera pacífica, sumándose posteriormente al Pacto Briand-Kellogg otros 57 países. Producto de lo anterior Frank B. Kellogg recibió en 1929 el Premio Nobel de la Paz.

Sin embargo, algunos países signatarios señalaron que la renuncia a la guerra no implicaba el abstenerse de utilizar la fuerza en defensa propia, aplicar la doctrina Monroe o cumplir con los tratados y las obligaciones militares acordados tras la Gran Guerra, lo que unido al hecho de que el Pacto Briand-Kellogg no estableció ningún método para forzar su cumplimiento, en la práctica resultó totalmente inútil ante las agresiones del fascismo italiano, el nazismo alemán y el imperialismo japonés que desencadenaron la Segunda Guerra Mundial. No obstante, en todos estos conflictos se hicieron referencias, de un modo u otro, a la violación de las obligaciones del Pacto Briand-Kellogg por lo que  fue utilizado como base legal en los Juicios de Nüremberg en 1946, como en el Tribunal de Tokio en 1948,  para la creación del concepto de «crimen contra la paz», para acusar a los responsables intelectuales y materiales de la planificación y ejecución de la guerra de agresión y condenar a los criminales de guerra sometidos a su jurisdicción.

El Tratado de Renuncia a la Guerra o Pacto Briand-Kellogg,  no ha perdido su importancia y es considerado el precedente inmediato del artículo 2.4 de la Carta de Las Naciones Unidas en el que se consagra con carácter general la prohibición del uso de la fuerza, constituyendo uno de los instrumentos jurídicos más importantes a la hora de invocar las normas que limitan a los Estados el uso de la fuerza.

La Historia es nuestra y la hacen los Pueblos

 Jorge Alejandro Araya Moya  Profesor de Historia y Geografía

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